Las tortugas son reptiles terrestres
que han regresado al mar en busca de nuevos nichos
ecológicos y ha sido tal su éxito
evolutivo que llevan surcando los océanos
desde hace ciento cuarenta millones de años.
Su apariencia es más hidrodinámica
con un caparazón más aplanado y
ligero que las terrestres y no retraen la cabeza
y extremidades dentro del caparazón. Todo
lo tienen adaptado a su nuevo entorno: boca sin
dientes y mandíbula y maxilares se recubren
de una capa córnea en forma de pico; los
ojos muy desarrollados así como el olfato
y el gusto; sólo el sentido del oído
es deficiente.
Las extremidades son aletas natatorias sin dedos
ni uñas, las anteriores remos, las posteriores
timón.
Al ser vertebrados de sangre fría y tener
pulmones deben subir constantemente a la superficie
para respirar, pero son grandes apneistas permaneciendo
sin salir durante horas. Son diurnos, de noche
duermen.
Todos las hemos visto, sin embargo, migrando
hacia la tierra para reproducirse. Noches de esfuerzo,
riesgo y dolor, segregando un líquido translúcido
y denso, llamado popularmente “lágrimas
de dolor” y que se debe a la excreción
del exceso de sal por unas glándulas oculares.
En cada puesta depositan entre setenta y ciento
veinte huevos y el episodio se repite varias veces
en intervalos de dos a tres semanas.
La incubación dura entre cuarenta y cinco
y sesenta días, y nacen perfectamente formadas.
Aunque parezca increíble los huevos eclosionan
casi al unísono y emprenden juntos el camino
hacia el mar, aunque sobreviven muy pocas. A los
veinte años serán esas pocas las
que en su madurez sexual repitan ese ciclo vital.
Sus enemigos son muchos: grandes redes de deriva,
anzuelos de los palangres, orcas, tiburones, la
contaminación (petróleo, basuras,
bolsas de plástico), las urbanizaciones
en los lugares de desove y, sobre todo, el hombre
que las caza por su carne, su caparazón
(objetos preciosos) y sus aceites (cosmética).
Sólo podemos encontrarlas en grupo en
una pequeña isla malaya, Sipadán,
al noroeste de Borneo que decidió conservarlas,
pero… ¿hasta cuándo?
¡Lo más triste es que ya no quedan
paraísos para las tortugas en la Tierra!
|