Reportaje Morenas Fotoacuatic.com
Reportajes Manuel Campillo y Aurelia Artolachipi
 
 

FICHA TÉNICA

FILUM:
Chordata.

CLASE:
Osteichthyes.

ORDEN:
Anguiliformes.

FAMILIA:
Muraenidae.

NOMBRE:
Su nombre genérico proviene del romano Licinio Muraena,  que mantenía morenas en cautividad en grandes estanques (piscinae), destinadas a los grandes banquetes. En inglés: moray.

DISTRIBUCIÓN:
Mares cálidos y templados y abundan en los arrecifes de coral.

ESPECIES EN EL MEDITERRÁNEO:
Muraena Helena, la más común de color pardo oscuro con un jaspeado amarillo y Gymnothorax Unicolor, con la cabeza más rechoncha y un color pardo oscuro uniforme.

SU MAYOR ENEMIGO:
El hombre.

 
 
 

NO TAN FIERAS COMO LAS PINTAN

Su forma de respirar y numerosas leyendas populares les han creado una mala reputación totalmente infundada.

Según Plinio el Viejo, los romanos más ricos y poderosos adornaban las morenas con joyas y divertían a los aburridos aristócratas arrojando al estanque a los esclavos para ver como eran mordidos. Cuesta creer la veracidad de esta leyenda, aunque lo que si es real es que los romanos apreciaban mucho su carne. Actualmente su carne se sigue consumiendo en algunas regiones, pero los ejemplares grandes de algunas especies pueden ser ciguatóxicos. Ya en la antigüedad el emperador romano Galiano señalaba numerosos envenenamientos tras consumir platos sazonados con su sangre cruda, aunque parece ser que el cocer su carne a una temperatura superior a los 75ºC elimina su toxicidad.

A pesar de su “aspecto terrible”, con sus fauces amenazadoramente abiertas, sus dientes puntiagudos y sus ojillos fijos son animales retraídos que sólo atacan cuando se sienten verdaderamente amenazados. Ocurre también que un submarinista alimentando reiteradamente a una morena corre el riesgo de que esta confunda sus dedos con uno de sus alimentos favoritos, los pulpos y calamares.

Su mordedura no es nada agradable. Primero porque difícilmente suelta su presa una vez dado el bocado y además la herida que producen se infecta fácilmente, aunque su mordedura no es venenosa en contra de la creencia popular.

COMO SON

Son peces con aspecto de serpiente (anguiliforme), ya que no  poseen aletas pectorales y ventrales, pero tienen unas aletas dorsales y anales largas, poco elevadas y carnosas,  que se prolongan hasta la caudal y se sueldan con ella. Su peculiar forma les permite perseguir a sus presas a través de  recovecos minúsculos.  Su piel es gruesa y viscosa y está desprovista de escamas.

Las branquias de estos peces se reduce a dos orificios circulares lo que,  unido a las largas horas de inactividad en sus refugios, les obliga a bombear agua constantemente a través de ellas, de ahí que respiren abriendo y cerrando la boca.

Sus ojos son pequeños en relación al tamaño de la cabeza y le proporcionan una visión muy limitada,  pero tienen muy  desarrollado el sentido del olfato. La parte anterior del hocico de las morenas ostenta un par de orificios nasales tubulares, más o menos visibles, revestidos de millones de células olfativas.

 
 

COMO VIVEN

Durante el día son generalmente poco activas. Permanecen cómodamente instaladas sobre los soportes sólidos que constituyen las murallas de su hábitat. En cambio de noche se convierten en cazadoras implacables. Se valen de su desarrollado sentido del olfato para detectar y atrapar a sus presas.

Los ejemplares jóvenes viven cerca de la playa o en las zonas someras de los arrecifes y se alimentan de pequeños peces, crustáceos y gusanos.

Los adultos llegan a colonizar mayores profundidades. Su régimen alimenticio consiste en crustáceos, moluscos (sobre todo cefalópodos) y pequeños peces y algunas comen carroña y peces muertos. En algunas morenas (como las del género Echidna) los dientes son romos y redondeados, adaptados a aplastar cangrejos que son su alimento principal. Pero la mayoría tienen dientes puntiagudos y afilados que suponen una trampa  mortal para las presas a las que traga enteras.

MORENAS Y LIMPIADORES

En numerosas ocasiones, las morenas comparten su guarida con limpiadores privados en una relación de mutualismo que favorece a ambos. La mayor parte de estos “inquilinos clandestinos” son pequeños peces (lábridos) y pequeños crustáceos, gambas y cangrejos,  que se alimentan de los parásitos, piel muerta y restos de comida de su progenitor.

Lo más sorprendente de estas asociaciones es el hecho de que animales que cabría suponer enemigos acérrimos se comporten tan amistosamente. Existe una especie de código o lenguaje que permite al limpiador saber si existe disponibilidad por parte del cliente.

Una gambita, por ejemplo, se acerca a rozarle detrás de la cabeza con las antenas. Si la morena no reacciona negativamente, se sube encima de ella y comienza la búsqueda de parásitos por todo su cuerpo. Después se desplaza a la cabeza, la parte más crítica del trabajo y se introducen incluso en sus branquias y en su cavidad bucal para limpiarle los dientes.

Cuando la limpiadora se entusiasma y molesta demasiado a su cliente, éste se sobresalta, da una sacudida,  y es el momento de abandonar el trabajo y esperar por las paredes de la guarida hasta la próxima ocasión.

 
Escrito por Aurelia Artolachipi
Fotos: Manuel Campillo
 
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