NO TAN FIERAS COMO LAS PINTAN
Su forma de respirar y numerosas leyendas populares les han creado una mala reputación totalmente infundada.
Según Plinio el Viejo, los romanos más ricos y poderosos adornaban las morenas con joyas y divertían a los aburridos aristócratas arrojando al estanque a los esclavos para ver como eran mordidos. Cuesta creer la veracidad de esta leyenda, aunque lo que si es real es que los romanos apreciaban mucho su carne. Actualmente su carne se sigue consumiendo en algunas regiones, pero los ejemplares grandes de algunas especies pueden ser ciguatóxicos. Ya en la antigüedad el emperador romano Galiano señalaba numerosos envenenamientos tras consumir platos sazonados con su sangre cruda, aunque parece ser que el cocer su carne a una temperatura superior a los 75ºC elimina su toxicidad.
A pesar de su “aspecto terrible”, con sus fauces amenazadoramente abiertas, sus dientes puntiagudos y sus ojillos fijos son animales retraídos que sólo atacan cuando se sienten verdaderamente amenazados. Ocurre también que un submarinista alimentando reiteradamente a una morena corre el riesgo de que esta confunda sus dedos con uno de sus alimentos favoritos, los pulpos y calamares.
Su mordedura no es nada agradable. Primero porque difícilmente suelta su presa una vez dado el bocado y además la herida que producen se infecta fácilmente, aunque su mordedura no es venenosa en contra de la creencia popular.
COMO SON
Son peces con aspecto de serpiente (anguiliforme), ya que no poseen aletas pectorales y ventrales, pero tienen unas aletas dorsales y anales largas, poco elevadas y carnosas, que se prolongan hasta la caudal y se sueldan con ella. Su peculiar forma les permite perseguir a sus presas a través de recovecos minúsculos. Su piel es gruesa y viscosa y está desprovista de escamas.
Las branquias de estos peces se reduce a dos orificios circulares lo que, unido a las largas horas de inactividad en sus refugios, les obliga a bombear agua constantemente a través de ellas, de ahí que respiren abriendo y cerrando la boca.
Sus ojos son pequeños en relación al tamaño de la cabeza y le proporcionan una visión muy limitada, pero tienen muy desarrollado el sentido del olfato. La parte anterior del hocico de las morenas ostenta un par de orificios nasales tubulares, más o menos visibles, revestidos de millones de células olfativas.
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