Hay mucha leyenda alrededor de
estos maravillosos animales. Según “Plinio
el Viejo” los romanos más ricos las encerraban
en estanques recubiertos de joyas para divertir
a sus invitados viendo cómo devoran a los
esclavos que eran arrojados en esas ‘piscinas’.
Pero en realidad, pese a su “aspecto terrible”,
con sus fauces amenazadoramente abiertas, sus
dientes puntiagudos y sus ojillos fijos, son animales
retraídos que sólo atacan cuando
se sienten amenazados. Ejemplo de ello es el hecho
de que sobreviven muy bien en cautividad y establecen
una buena y duradera relación con sus cuidadores.
Su piel es gruesa y viscosa exenta de escamas.
Por su forma pertenece al orden de las anguiliformes
como congrios y anguilas, lo que les permite perseguir
a sus presas a través de recovecos minúsculos
de los arrecifes coralíneos. Ojos pequeños
con visión muy limitada y en su “pro” un
desarrollado sentido del olfato. Su carne es muy
demandada en Canarias. La vida la hacen por la
noche.
Su forma de reproducción no es muy bien
conocida. Las larvas son transparentes y van a
la deriva hasta que recalan en zonas cercanas
a las playas o arrecifes. Ya adultas buscan zonas
más profundas, a cincuenta y hasta cien
metros.
Se alimentan de crustáceos, moluscos y
pequeños peces, aunque también comen
carroña y peces muertos.
Además del hombre, su enemigo ancestral
es el pulpo, según “Cousteau” cuando se
encuentran, se entabla una lucha encarnizada donde
el perdedor es siempre el pulpo.
Son animales muy limpios que viven en “simbiosis”
con pequeños peces lábridos y crustáceos
que se comen los parásitos, las pieles
muertas y restos de comida.
Generalmente no son “tan feroces como las pintan”.
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