Los expertos están alarmados
por la aparición de auténticas plagas
de medusas que invaden las playas de las zonas
turísticas y atascan las redes en los caladeros
de pesca. Parece ser que la causa es una vez más
los desequilibrios que el ser humano provoca en
el medio marino. La sobrepesca ha ocasionado la
desaparición de muchos de sus competidores
por su principal alimento: el plancton, que al
abundar en demasía provoca que crezcan
en número y tamaño. Además,
la disminución de sus depredadores naturales
(algunas especies de tortugas, los atunes, los
peces luna, etc..), la polucción y el calentamiento
global hacen el resto.
NÓMADAS DE LOS MARES
Viven en todos los mares del planeta, desde los
tropicales hasta las frías aguas del Ártico
desde hace más de 650 millones de años.
Las hay desde las más diminutas de solo
algunos centímetros hasta la más
grande, llamada crin de león, cyanea capillata,
cuyos tentáculos pueden ser más
largos que una ballena azul.
A diferencia de sus primos los corales y las
anémonas que viven sujetos al fondo, las
medusas son pelágicas, lo que quiere decir
que viven en aguas libres. Llevan una vida “errante”
pues, aunque tienen una pequeña capacidad
de autopropulsión mediante contracciones
de su umbrela, van siempre a merced de las corrientes
por lo que están condenadas a perecer embarrancadas
cuando las corrientes o el oleaje las acercan
a la costa.
¿POR QUÉ LAS TEMEMOS?
Las medusas, que hasta el siglo XVIII fueron
consideradas plantas, pertenecen al grupo de los
Cnidarios. ”Cnida” significa ortiga en griego
y todos los cnidarios poseen células urticantes,
los nematocistos, que usan para inmovilizar a
sus presas. Pero las medusas “no atacan” si se
entiende por atacar una voluntad de hacer daño
que no tienen. Sus células urticantes se
disparan automáticamente cuando sienten
el roce o la diferencia de presión o temperatura,
por lo que incluso moribundas o muertas no se
las debe tocar pues los cnidocitos siguen activos
mientras contengan la toxina y resultan igual
de peligrosos.
Pero curiosamente las medusas van a menudo acompañadas
de alevines de carángidos, como serviolas
o jureles que al menor peligro se ocultan entre
sus tentáculos sin que les afecten para
nada las células urticantes de los mismos.
Y a pesar de no parecer un bocado apetitoso y
de ser casi todo agua hay otros seres que se alimentan
de ellas. Peces como la caballa, el atún
o el pez luna, algunas especies de tortugas, varias
aves oceánicas y otra medusas y anémonas.
Además, en algunas partes de Asia, como
China, Corea y Japón son consideradas un
bocado exquisito por el hombre.
¿CÓMO SON?
Su cuerpo transparente está formado por
un 95% de agua y consta de tres partes principales:
la umbrela o paraguas, los brazos orales que rodean
la boca y los tentáculos. Presentan una
cavidad interna, donde se realiza la digestión
y que tiene una sola abertura que realiza las
funciones de boca y ano. Poseen un sistema nervioso
primitivo que rige la pulsación rítmica
de su umbrela o campana y en el margen de la misma
algunas tienen unos órganos sensoriales,
los ocelos, que les permiten detectar diferentes
intensidades de luz.
Aunque puedan parecer pasivas, son unos potentes
y eficaces depredadores. Son carnívoras
y pueden aumentar de tamaño y número
con rapidez cuando la alimentación es abundante
como estamos pudiendo comprobar. La mayoría
se alimentan principalmente de zooplancton: pequeños
crustáceos como el krill o los copépodos,
aunque también forman parte de su dieta
algunos peces de reducido tamaño y otras
medusas.
ALARMA EN EL MEDITERRÁNEO
El verano pasado oleadas de pelagia noctiluca,
la más pequeñas pero la más
urticante de las especies de nuestras aguas, llegaron
a nuestras costas y se convirtieron en la pesadilla
de los bañistas.
Normalmente se acumulan allí donde se
forme una barrera física que impida su
avance. En el Mediterráneo viven desde
el otoño hasta la primavera al final de
la plataforma continental a unos 30 kilómetros
del litoral donde las aguas son más cálidas
y hay más nutrientes. Pero diversos fenómenos
pueden hacer desaparecer esta barrera y entonces
se acercan en masa a las costas. Está comprobado
que año de sequía, se corresponde
con año de invasión. Según
esta hipótesis el agua vertida por los
ríos al mar es escasa y por tanto no existe
la habitual “barrera fría y menos salada”
en las aguas costeras.
Otras hipótesis apuntan a que la gran
cantidad de materia orgánica procedente
de los vertidos de aguas residuales, incluidas
las fecales, favorecen su crecimiento y reproducción.
Si a esto añadimos que durante el estío
los vientos suelen soplar del mar hacia la costa
y el ya apuntado desequilibrio ecológico
por la disminución de sus depredadores
o de los depredadores de su alimento, ...................el
resultado es evidente.
EL PROBLEMA DEL MAR MENOR
Este problema se repite todos los años
en La Manga del Mar Menor en Murcia donde 70 millones
de ejemplares de la medusa huevo frito viven en
las aguas someras y calmadas de la mayor laguna
salada de España. Parte de los abonos que
se utilizan en el agua de riego de la huerta murciana
acaba en las aguas del Mar Menor lo que favorece
una anormal proliferación de alimento y
las medusas se multiplican desaforadamente.
Esta especie no es apenas urticante, pero en
tan gran número resulta molesta y desagradable
para el gran número de turistas que disfrutan
en verano de estas aguas. Para evitar su acercamiento
a las playas, se colocan cada año redes
de protección en las 18 playas principales
de la laguna y una flotilla de barcos se encarga
de sacar del agua toneladas de esta masa gelatinosa,
aunque menos de un 10% de la población
acaba así.
EL CURIOSO CASO DE PALAU
En las islas de Palau en la Micronesia tenemos
también un curioso fenómeno de concentración
de medusas original y único en el mundo,
pero en este caso es debido sólo a un fenómeno
natural.
Cuando las islas se elevaron hace millones de
años dejaron un lago interior en la isla
Eil Malk, donde quedaron aisladas las medusas
que se han convertido en las dueñas y señoras
del lugar.
La ausencia de depredadores y de algo sólido
que llevarse a la boca ha propiciado la pérdida
total de su poder urticante, pues ya no lo necesitan
para paralizar a sus presas, y se han convertido
en “cultivadoras de algas”de las que se alimentan.
Estas algas, zooxantelas, crecen en el propio
tejido de las medusas y viven con ellas de manera
simbiótica. Las medusas llevan su alimento
a cuestas y las algas tienen asegurado el sol
que necesitan para vivir y reproducirse. Por ello
resulta extremadamente curioso ver que los millones
de medusas del lago se muevan al unísono
con el sol. Durante el día se desplazan
de este a oeste y durante la noche bajan al fondo
del lago para volver a emergen en cuanto el primer
rayo de sol aparece al amanecer.
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